Los días seguían pasando lento y ella seguía recorriendo su departamento de esquina a esquina tratando de descifrar la situación. Realmente había poco que hacer más que orar, pensar y esperar… grandes artes que ella no dominaba.
El silencio era imperioso, el reloj había dejado de sonar, el espacio parecía más grande y hasta los latidos del corazón eran tan suaves que no se sentían. El tiempo había dejado de existir, ella era esencia y toda su historia se encontraba en el mismo lugar, mismo momento. Pasado, presente y futuro se habían mezclado con sueños rotos, victorias, fuerza y debilidad, cambios y un poco de fe, de esperanza y caridad. Era su esencia, flotaba en el aire, la rodeaba, pero… no la contenía.
Por varias horas se sentó en el centro del lugar, cerró sus ojos y elevo su espíritu. Esperaba una señal, una voz, un milagro. No había nada, no había respuesta. Encontraba un poco de paz, solo la suficiente para seguir respirando unos minutos. Ella sabía que ese era su infierno. Ese cuarto de paredes blancas, con silencio profundo, en brazos de Dios pero, sin poder entregarse a sí misma, abandonada más bien a sus propias ideas, sus traumas, sus miedos.
En brazos de Dios.

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