4.8.09

2da parte. Aronda


Abrió los ojos, era difícil creerlo, pero ¡ahí estaba! Era el alba que precedía la larga noche. Era casi imposible saber cuánto tiempo había pasado, pero esa pregunta solo perduro un segundo. Se había esfumado el dolor, la angustia, la duda y ahora el aroma era de incienso; no cualquier incienso, era uno especial, era uno que había sido elevado hasta el cielo y ahora volvía, ya no como oración, ahora como gracia.

El ambiente y su ser fueron colmados de Paz. Más que el alba, brillaba su ser. La luz habitaba en ella; ya no tenía esencia humana, ahora era el Espíritu Santo reinando en la pequeña.

Respiró profundo y disfrutó como nunca en su vida ese momento tan especial, en el que se sabía redimida por Cristo, defendida por Él. Aronda sabía que su nave casi había colapsado y ni hablar de su fe. Al quedar inconsciente, no supo más de sí; fue hasta que volvió en sí que se dio cuenta que Jesús había despertado, su voz hizo temblar el mar y el cielo rugió, todo se calmó y ahora su nave flotaba en armonía con suaves olas. El alma de Aronda vió como los ángeles alabaron a Dios y admiraron Su gloria y poder sobre todo cuanto existe, especialmente en el alma de aquellos que entregan su vida.

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