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Me quede de pie, justo en medio del jardín. Tome valor para agarrar aire y exhale tan hondo como pude. Mire el cielo. “Echas todo a perder” –me dije a mí misma y me eche a reír. Reí tanto que caí al césped y entonces… fue entonces cuando una lágrima rodó. Me quede pensando en porqué me sentía feliz. Recordé la vez que me encontró. Nada tenía sentido, solo sé que me sentía feliz sentada ahí, frente a él, sin poder verlo, sin ni siquiera sentirlo, incluso tal vez dudando un poco si estuviera ahí frente a mí. Pero mi respiración era tranquila, silenciosa, pacífica y con fe.
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Inicié un viaje y me aleje de todo. Fui en todas direcciones y mantuve mi corazón quieto. No es que no quisiera sentir y mucho menos que quisiera ser objetiva. Solo estaba… abandonada. Volvía a lo básico. Quién soy. En dónde estoy. A dónde me dirijo. Qué quiero. Por qué lo quiero. No encontré más que una respuesta y esa fue: “Soy suya, soy Su hija". Descanse.
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Recordé aquel momento en que me dijo: “No quieras saberlo todo”. Pero es que quiero saberlo todo. Quiero volver a estructurar grandes planes. Quiero creer que existe el control. Más que “portarme como un adulto”, quiero jugar a que tengo frente a mí la tierra de mi vida y construyo grandes palacios y sueños. “Utópica” –diría mi Príncipe.
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Tal vez esto de los cumpleaños me pone sentimental. Alguien me dijo alguna vez: “son tus deseos de trascender”. Realmente no lo sé. Creo que en este momento de mi vida me comporto sin lógica alguna, incoherente e incongruente. Siento que volví de un coma y no estoy muy segura de lo que pasó y solo trato de recordar todo.
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Estoy emocionada, sé que él siembra en mi bellas ilusiones; pero sufro de una especie de atrofia espiritual en la que, tengo miedo. Yo no sé que hice o deje de hacer en mi pasado pero llego un momento en que dejo de ser divertido jugar a vencer obstáculos; pues éstos, se convirtieron en gigantescas montañas frente mí.
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“… Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad.Gustosamente, pues, seguiré enorgulleciéndome de mis debilidades,
para que habite en mí la fuerza de Cristo.
Y me complazco en soportar por Cristo debilidades, injurias, necesidades, persecuciones y angustias,
porque cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte.”
2 Cor 12, 9-10.
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